Ciencia en las cárceles
y prevenir la demencia
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La demencia se ha convertido en uno de los grandes retos de nuestro siglo, y su prevalencia seguirá aumentando a medida que envejece la población. Esta semana analizamos la hoja de ruta para su prevención y los desafíos que tenemos por delante. Además, os contamos un descubrimiento inédito desde las profundidades del océano. ¡Sigue leyendo!
✨ Somos Irene Martínez Morata y Arce Domingo, científicas y divulgadoras. Cada semana os traemos las principales novedades de la ciencia en menos de 10 minutos de lectura. Si te gusta lo que lees, déjanos un like, suscríbete y compártenos con tu red.
👫 El reto de investigar las adicciones en las cárceles
Las claves
Más de 30 millones de personas pasan por las prisiones del mundo cada año. Más de la mitad sufre trastornos mentales graves, y un 40% arrastra problemas de adicción.
La salida de prisión es un momento crítico. En EE. UU., los exreclusos que no reciben tratamiento para la adicción a opiáceos tienen el doble de probabilidades de morir durante el primer mes en libertad en comparación con quienes sí lo reciben.
El sistema penitenciario cuenta con escasa comprensión científica sobre cómo minimizar las consecuencias negativas tras la liberación.
En una carta para la revista Science, el científico John Strang, del Instituto de Psiquiatría de la University College de Londres, afirma que el sistema penitenciario necesita llevar a cabo estudios científicos para evaluar cómo minimizar las consecuencias negativas del encarcelamiento.
Strang propone aplicar ensayos rigurosos —similares a los usados con los fármacos— para analizar qué opciones de condena y de transición a la libertad funcionan mejor. Esto permitiría medir con rigor científico las tasas de reincidencia, las sobredosis, y los indicadores bienestar y rehabilitación social, ayudándonos a mejorar la reinserción de los presos en la sociedad.
Investigar para rehabilitar
La investigación con presos genera un profundo rechazo debido a graves abusos históricos hacia personas privadas de libertad.
Por ejemplo, en Alabama, el famoso Experimento Tuskegee (1932-1972) privó intencionadamente a 600 hombres afroamericanos infectados con sífilis de tratamiento para observar el desarrollo natural de la enfermedad.
En la prisión de Stateville (Illinois), se ofrecieron reducciones de condena o pequeñas compensaciones económicas a los reclusos a cambio de infectarse de malaria entre 1945 y 1974.
Estas prácticas inaceptables fueron clave en la elaboración del Código de Núremberg tras la Segunda Guerra Mundial, que sentó las bases de las normas para la experimentación ética con seres humanos.
A raíz de que estos casos salieran a la luz, la legislación de EE. UU. y otros países restringió la investigación con reclusos.
Aunque el objetivo de estas leyes era proteger a las personas encarceladas de los abusos, también los han excluido de beneficiarse de los últimos avances científicos.
💡¿Sabías qué?
En el Reino Unido, más de una cuarta parte de los reclusos padece adicciones a la heroína u otros opioides antes de entrar en la cárcel, en comparación con apenas el 1% de la población general. Al salir en libertad, su riesgo de fallecer por una recaída es altísimo: uno de cada 200 muere por sobredosis en las dos primeras semanas, lo que supone una tasa 40 veces mayor que la de los consumidores que no están en prisión.
🌱 Cuando el suelo oceánico se abre
Las claves
La corteza oceánica cubre casi dos tercios de la superficie del planeta y se forma principalmente en las dorsales oceánicas, enormes cordilleras submarinas situadas en los límites entre placas tectónicas.
Cuando las placas se separan, el magma asciende por las grietas, se enfría y forma nueva corteza. Aunque este proceso se conoce desde mediados del siglo XX, nunca se había observado directamente mientras ocurría.
A pesar del papel fundamental de las dorsales oceánicas en la formación de la superficie terrestre, “todavía sabemos sorprendentemente poco sobre la frecuencia, la magnitud y la dinámica de las erupciones y de los procesos tectónicos que las construyen”, explica Isobel Yeo, geocientífica del Centro Nacional de Oceanografía de Southampton, en Reino Unido.
Por primera vez, un equipo de geofísicos ha registrado cómo una parte del fondo oceánico se abría varios metros en cuestión de días.
El ascenso de la lava
Los investigadores instalaron más de 20 instrumentos a lo largo de 100 kilómetros de la dorsal del Sudeste Índico, una cordillera submarina que separa las placas Australiana y Antártica.
También instalaron 15 balizas acústicas. Cada cuatro horas, estos instrumentos intercambiaban señales de sonido y calculaban cuánto tardaban en llegar. Así, podían medir con gran precisión si la distancia entre unas balizas y otras estaba cambiando.
El 26 de abril de 2024, los sensores comenzaron a detectar numerosos temblores, documentando un episodio único que liberó 160 millones de metros cúbicos de lava sobre el fondo marino (una cantidad equivalente a unas 64.000 piscinas olímpicas). Además, desplazó la corteza oceánica unos dos metros.
Los investigadores creen que este episodio liberó de golpe la tensión que se había acumulado durante entre tres y seis décadas en esta zona de la dorsal, poniendo en cuestión la teoría previa de que los movimientos de las cortezas oceánicas ocurren de forma gradual.
💡¿Sabías qué?
Las dorsales oceánicas esconden ecosistemas que todavía conocemos muy poco. En 2023 un equipo científico utilizó un robot submarino para levantar fragmentos de lava en la dorsal del Pacífico Oriental, a 2.515 metros de profundidad. En las cavidades bajo la lava, aparecieron gusanos tubícolas gigantes de hasta 50 centímetros, junto con lapas y caracoles. El hallazgo muestra que los ecosistemas no se limitan a la superficie del fondo marino, sino que pueden extenderse bajo la corteza oceánica.
💊 ¿Podemos prevenir la demencia?
Las claves
El Estudio sobre la Carga Global de Enfermedad estima que los casos de demencia en el mundo aumentarán de 57 millones en 2019 a 153 millones en 2050.
Ante estas predicciones, varios ensayos clínicos han evaluado el efecto de intervenciones en el estilo de vida, proporcionando apoyo intensivo a los participantes para mejorar la dieta, la rutina de ejercicio, las relaciones sociales y la salud cardíaca y cerebral.
Sin embargo, ninguna de estas intervenciones han demostrado reducir la incidencia de demencia. Los críticos sostienen, además, que este tipo de programas son costosos y difíciles de ampliar.
Aún así, la doctora Kristine Yaffe, especialista en demencia de la Universidad de California en San Francisco, sostiene que debemos seguir animando a las personas a reducir los factores de riesgo. “Podría tener un efecto beneficioso para la salud cerebral, definitivamente lo tiene para la salud cardíaca, y probablemente también sería beneficioso para la salud pública” afirma.
De las hipótesis a la intervención
Los investigadores creen que varios factores podrían influir en la dificultad para encontrar evidencia: incluir a grupos con niveles educativos muy altos podría dificultar la detección de los efectos, ya que la educación es un factor protector para la demencia.
Además, el seguimiento diagnóstico es complicado porque los participantes tienden a aprender y mejorar en las pruebas cognitivas cuando las repiten.
Por otro lado, la mayoría de los estudios son demasiado cortos (2-3 años) para observar efectos reales en las capacidades cognitivas.
Los científicos coinciden en que las medidas para reducir el riesgo deben empezar en edades tempranas y centrarse en las personas con mayor probabilidad de verse afectadas, como los habitantes de entornos desfavorecidos y bajo nivel socioeconómico.
Medidas estructurales
Muchos creen que se trata de un problema social global, y que debemos pasar de centrarnos en el estilo de vida individual a mejorar las políticas públicas.
La comisión de The Lancet recomienda una serie de políticas que podrían reducir el riesgo de demencia a nivel poblacional, como mejorar la educación y reducir el tabaquismo, la venta de alcohol, la contaminación atmosférica y el contenido de azúcar y sal en los alimentos.
Es posible que algunas medidas a nivel poblacional ya estén surtiendo efecto. Un estudio publicado en 2020 reveló que la incidencia de demencia se había reducido en un 13% por década a lo largo de 25 años en algunos grupos de edad en Europa y Norteamérica.
“Probablemente esto se deba a la disminución del número de fumadores y a las mejoras en la educación y el tratamiento de la hipertensión. Hay evidencia real de que algunas cosas pueden cambiar”, explica Gill Livingston, psiquiatra de la University College de Londres.
💡¿Sabías qué?
La ciencia también explora si la combinación entre cambios en el estilo de vida y fármacos podría dar lugar a un mayor efecto protector contra la demencia. Un ensayo clínico internacional está evaluando si combinar un programa de estilo de vida con la metformina —un fármaco utilizado para controlar los niveles de glucosa en sangre y tratar la diabetes tipo 2— puede prevenir el deterioro cognitivo. Hay datos que apuntan a que la vacuna contra el herpes zóster podría reducir el riesgo de demencia, pero los estudios no han mostrado consenso por ahora.
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